Lo que ocurrió el sábado en Reforma y el Zócalo no fue un “operativo fallido” ni un “incidente menor”. Fue represión abierta, descarada y completamente deliberada contra miles de ciudadanos —en su mayoría jóvenes— que salieron a marchar porque están hartos de un gobierno que promete escuchar, pero solo sabe golpear.
Desde temprano, el Gobierno federal y el de la Ciudad de México intentaron minimizar la movilización. La tacharon de invento, de montaje, de “campaña extranjera”. Pero cuando los contingentes comenzaron a llenar Reforma —familias enteras, estudiantes, trabajadores, adultos mayores— el pánico político se notó. La marcha había rebasado por completo la narrativa oficial.
Y ahí empezó todo.
Al llegar al Zócalo, la policía recibió la orden de hacer lo que este gobierno jura que ya no hace: cargar contra la gente. Golpes con escudos, empujones, gas, detenciones sin sentido. Jóvenes arrastrados por el piso, adultos mayores lastimados, niños llorando en medio del caos. La escena fue tan brutal que ni los propios funcionarios pudieron negarlo: había policías golpeando a quien se atravesara.
Pero eso no fue lo más grave.
Mientras la ciudadanía marchaba pacíficamente, aparecieron grupos de choque y encapuchados que nadie reconocía. Provocadores que rompieron objetos, empujaron vallas y generaron el pretexto perfecto para justificar el uso excesivo de la fuerza. Infiltrados, como siempre. La firma inconfundible de un gobierno que no tolera que la gente se organice sin su permiso.
Después de la represión, vino el manual de siempre: negar, minimizar, culpar a la oposición, culpar a “intereses extranjeros”, culpar a cualquiera menos a la policía que ellos mismos enviaron a golpear ciudadanos desarmados.
El resultado es claro:
Un gobierno que se dice “del pueblo” terminó golpeando al pueblo.
Un gobierno que presume “democracia” terminó criminalizando el disenso.
Un gobierno que se cree invencible terminó temblando ante una marcha de jóvenes.
Lo que pasó en Reforma y en el Zócalo no fue solo violencia. Fue un mensaje:
Quieren un país donde la gente se calle.
Pero el sábado quedó claro que miles no están dispuestos a hacerlo.













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