Lo ocurrido en la Cámara de Diputados no es un incidente menor ni un simple intercambio acalorado. Es una señal preocupante del talante con el que algunos representantes del oficialismo ejercen el poder: sin diálogo, sin tolerancia y con un claro desprecio por el debate democrático.
El vicepresidente de la Mesa Directiva, Sergio Gutiérrez Luna, increpó al exconsejero presidente del Instituto Nacional Electoral, Lorenzo Córdova, cuando este acudía a San Lázaro como integrante de la asociación Somos México para entregar una propuesta de reforma electoral a la presidenta de la Mesa Directiva, Kenia López Rabadán.
El episodio ocurrió cuando Córdova se dirigía a la oficina de López Rabadán, contigua a la de Gutiérrez Luna. Desde la puerta de su despacho, el legislador morenista lo confrontó por el tema de la sobrerrepresentación legislativa, acusándolo de “mentir” y de sostener posturas contradictorias. Lo grave no fue solo el tono, sino el desenlace: cuando el exfuncionario intentó responder, el diputado le negó explícitamente la palabra.
—“¿Puedo hablar?”, preguntó Córdova.
—“No”, fue la respuesta.
Ese “no” sintetiza el problema de fondo. Quien ocupa una vicepresidencia en el Poder Legislativo debería ser garante del diálogo, no su censor. Impedir la respuesta de un interlocutor no es firmeza política ni defensa de convicciones: es un acto de silenciamiento impropio de un espacio que, por definición, existe para confrontar ideas.
Más aún, el episodio refuerza una percepción cada vez más extendida: que para sectores de Movimiento Regeneración Nacional y de la llamada Cuarta Transformación, el poder no se entiende como responsabilidad institucional, sino como licencia para imponer una narrativa única y descalificar cualquier disenso.
No se trata de un hecho aislado. Es un síntoma. Un reflejo de cómo el discurso democrático se invoca en abstracto, pero se abandona en la práctica cotidiana. La democracia no se defiende callando voces ni bloqueando respuestas incómodas, sino confrontando argumentos con argumentos.
Lo demás —gritos, descalificaciones y negativas a escuchar— es autoritarismo, aunque se disfrace de convicción política.
Y aun así, se dicen demócratas.













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