Durante décadas, el futbol en México ha sido mucho más que un espectáculo: ha sido un ritual colectivo. No importa si se trata de un partido molero o de una final, la selección nacional tiene la capacidad de detener al país por un par de horas. Se ve en la casa, en la fonda, en la tienda de la esquina o en la sala de algún vecino. Y casi siempre, se ve igual: en televisión abierta.
Por eso, la posibilidad de que los partidos de la selección —particularmente en torneos como la Copa de Oro o la Nations League— dejen de transmitirse de manera gratuita no es un asunto menor ni una simple evolución del mercado. Es un cambio de fondo que impacta directamente en la relación entre el futbol y la gente.
La intención de la CONCACAF de colocar estos derechos en plataformas de streaming, como Netflix, abre una discusión incómoda pero necesaria. Porque una cosa es ampliar las opciones de consumo y otra muy distinta es restringir el acceso a quienes no pueden pagar por él. En un país donde millones de personas siguen dependiendo de la televisión abierta para informarse y entretenerse, trasladar el futbol a un modelo de suscripción equivale, en los hechos, a cerrar la puerta.
El argumento comercial es evidente: las plataformas pagan más, garantizan ingresos inmediatos y permiten explotar audiencias globales. Pero el futbol de selecciones no es cualquier producto. Tiene una carga simbólica, cultural y social que trasciende el negocio. No es lo mismo vender una liga extranjera que el partido de la selección que representa al país.
Ahí es donde la decisión empieza a sentirse desconectada de la realidad del aficionado. Porque mientras desde las oficinas se habla de derechos, exclusividad y monetización, en la calle la conversación es otra: ¿por qué ahora hay que pagar por algo que siempre fue accesible?
Lo más llamativo es que esto no es inevitable. En países como Reino Unido, España, Brasil o Argentina existen regulaciones que protegen ciertos contenidos deportivos para que permanezcan en televisión abierta. Se entiende que hay eventos que, por su relevancia, deben seguir siendo de acceso público. México, en cambio, parece estar llegando tarde a esa discusión.
Si el futbol deja de ser visible para todos, pierde una parte esencial de su identidad. No porque desaparezca, sino porque se fragmenta. Porque deja de ser ese lenguaje común que se comparte sin importar el nivel socioeconómico.
Tal vez para algunos esto sea simplemente el siguiente paso en la evolución del deporte como industria. Pero para muchos otros —la mayoría— será la primera vez que sientan que la selección ya no les pertenece del todo.
Y eso, más que cualquier contrato millonario, debería ser lo verdaderamente preocupante.













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