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El destino del comunista

La caída de Marx Arriaga no es sólo la salida de un funcionario más. Es el retrato clásico del destino político de los cuadros ideologizados: llegan envueltos en discursos redentores, se aferran al cargo como si fuera trinchera revolucionaria y terminan saliendo por la puerta trasera cuando la realidad administrativa les pasa factura.

Tras más de 90 horas atrincherado en su oficina de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP, Arriaga finalmente firmó su destitución y abandonó el inmueble. El episodio, que duró cuatro días, dejó una escena que muchos consideran simbólica: un funcionario que hablaba de proyecto histórico y justicia social, pero que terminó reducido a un simple trámite de cese.

Antes de irse, presumió haber firmado la regularización de 105 trabajadores, mientras negaba acusaciones internas y defendía su gestión como una lucha por los principios. También anunció que no aceptará otro puesto y que regresará a dar clases, intentando presentar la salida como decisión personal y no como derrota política.

Sin embargo, desde Palacio Nacional llegó el mensaje que desinfló cualquier narrativa épica. La presidenta Claudia Sheinbaum fue clara: nadie es dueño de un cargo público, nadie posee el modelo educativo y nadie tiene la “pureza” del movimiento. El aviso fue interpretado como una línea directa contra el personalismo y contra quienes confunden militancia ideológica con propiedad institucional.

El caso Arriaga reabre un patrón que se repite constantemente: los discursos más radicales suelen venir acompañados de una visión patrimonialista del poder. Cuando la estructura deja de respaldarlos, la retórica revolucionaria se queda sin sustento y el funcionario termina exactamente donde terminan todos los burócratas removidos: fuera del despacho y sin control político.

La historia no terminó con una revolución educativa ni con una defensa heroica del sistema. Terminó con un documento firmado, una oficina entregada y un exdirector saliendo con su equipo.

Porque en la política real, el destino de los ideólogos no lo define la consigna… lo define el relevo.

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