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LA RIDÍCULA POLÍTICA MEXICANA CADA VEZ PEOR

Hay algo profundamente revelador en la política mexicana actual: ya no se gobierna, se actúa. Y mal.

Nos dicen que no todas las campañas son negativas, que incluso hay ejemplos internacionales donde sí se hace política con cerebro. Ahí está Zohran Mamdani, que tuvo la ocurrencia —casi revolucionaria para estándares de la 4T— de preguntarle a la gente qué necesita en transporte y costo de vida. Imagínese el descaro: escuchar antes de hablar.

Pero en México decidimos innovar… hacia abajo.

Aquí el referente no es la planeación, es el paracaídas. Literal. Porque mientras en otros lados se levantan propuestas, aquí Saúl Monreal se lanza al vacío —metafórica y físicamente— creyendo que eso suma algo. Spoiler: no suma nada. Cero. Ni una mejora, ni una idea, ni un beneficio tangible. Pero eso sí, likes no le faltaron.

Y ese es justo el problema: la política dejó de buscar resultados y empezó a buscar aplausos.

Porque sí, el humor y la política pueden convivir. Ahí está el ejemplo de Vicente Fox en el 2000, usando ironía para exhibir al PRI. O incluso Andrés Manuel López Obrador en 2018, que sin querer queriendo terminó protagonizando el “stand-up” más visto del país. Pero una cosa es usar el humor como herramienta… y otra muy distinta es convertir el gobierno en sketch permanente.

Porque lo que hoy vemos ya no es estrategia: es desesperación maquillada de creatividad.

El catálogo de la vergüenza es amplio: Sergio Mayer, Cuauhtémoc Blanco y Mario Delgado compitiendo por quién dice la frase más simplona para conectar con “la chaviza”, como si gobernar fuera un TikTok de secundaria. “Como tu ex, eso ya quedó en el pasado”, dice Delgado… y uno se pregunta si también el sentido común ya quedó en el pasado.

Luego aparece Ricardo Monreal, que en lugar de legislar decide bautizar a diputadas como “batichicas”, mientras Omar García Harfuch es elevado a “Batman” por redes. El Congreso convertido en universo DC… pero sin héroes.

Y claro, no podía faltar el cosplay institucional: Abigail Arredondo disfrazada de El Chapulín Colorado, Layda Sansores organizando festivales dignos de kermés política, y Xóchitl Gálvez recordándonos que en México hasta los dinosaurios hacen campaña.

Todo esto no es anecdótico. Es estructural.

Porque como bien se describe, los políticos han adoptado estrategias de influencers: bailes, disfraces, shows, mascotas, acrobacias… cualquier cosa que distraiga lo suficiente como para no hablar de lo importante. El problema es que, entre tanto espectáculo, la política se volvió exactamente eso: espectáculo.

Y mientras ellos ensayan su siguiente video viral, los problemas reales —seguridad, economía, salud— siguen esperando su turno… fuera del escenario.

Al final, la pregunta no es si estas campañas funcionan. Claramente funcionan… para ellos.

La verdadera pregunta es: ¿cuándo dejaron de funcionar para el país?

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