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LA VENGANZA QUE EXHIBIÓ A MORENA

El libro de Julio Scherer no incomoda por lo que revela, sino por lo que confirma: que en la política mexicana la corrupción dejó de esconderse y empezó a administrarse. La reacción del poder fue automática. No censura, no refutación, no debate. Algo más eficaz: fingir que no existe. La presidenta dice que no lo leerá. Caso cerrado antes de abrir la portada.

El mensaje real es brutal: puedes acusar lo que quieras, mientras no obligues al gobierno a responder. Libertad para publicar, indiferencia para neutralizar. Así se mata un escándalo en versión moderna.

Scherer pinta un sistema donde el crimen no necesita firmar pactos; le basta con la omisión del Estado, la investigación selectiva y la conveniencia política. Y lo peor es que ya ni sorprende. Fotos con narcos no tumban carreras. Reportajes no provocan renuncias. Las revelaciones duran lo que dura el trending topic. La impunidad ya no es falla del sistema: es el sistema funcionando.

Pero la bomba tiene otra capa. Scherer no habla desde fuera. Fue parte del cuarto de máquinas. Diseñó leyes, armó estrategias, operó el poder. Si hubo delitos, los vio. Si hubo abusos, los conoció. Si calló, cargó. Su libro no sólo acusa al régimen: también lo delata a él mismo como pieza del engranaje que ahora denuncia.

La verdadera tragedia no es lo que cuenta el libro. Es que probablemente no pasará nada. Porque cuando un país se acostumbra a que cada escándalo termine en ruido mediático y cero consecuencias, la corrupción deja de ser noticia y se convierte en paisaje.

La pregunta ya no es quién tiene razón.
La pregunta es si alguien en el poder todavía siente miedo de ser exhibido.
Y la respuesta, viendo el silencio oficial, parece ser no.

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