La reforma judicial prometía independencia, pero trajo obediencia.
En el México de 2025, los jueces ya no rinden cuentas a la ley, sino a quién eligió.
Desde su aprobación, la llamada “justicia popular” se ha transformado en un espejo de la política dominante: un sistema donde los jueces actúan más como militantes que como árbitros. La toga ya no representa imparcialidad, sino alineación.
Guardianes de la Constitución a guardianes del partido
Bajo el nuevo modelo, los jueces son producto de campañas, no de méritos. Fueron elegidos con respaldo de estructuras partidistas, financiamiento opaco y discursos ideológicos.
Y como todo funcionario electo por voto político, su permanencia depende más de la simpatía del régimen que de la solidez de sus resoluciones.
Lo que debía ser un Poder Judicial autónomo se ha convertido en una oficina satélite del Ejecutivo, donde cada sentencia se calcula no por justicia, sino por conveniencia.
Hoy, los tribunales parecen más preocupados por no desentonar con el discurso oficial que por aplicar la ley. Las resoluciones incómodas desaparecen en comisiones, los amparos se aplazan indefinidamente y los jueces críticos enfrentan auditorías o traslados “administrativos”.
“No se busca independencia, se busca sumisión”
El jurista español Juan Antonio García Amado, quien meses atrás advirtió sobre el riesgo de un Poder Judicial electo bajo control político, fue directo:
“No se quiere ni mayor independencia, ni mayor honestidad, ni mayor imparcialidad. Se quiere un Poder Judicial sumiso al grupo político dominante.”
Esa frase se ha vuelto profética.
Porque hoy la independencia judicial es un mito, y el juez libre una especie en extinción.
El nuevo sistema ha generado funcionarios que temen disentir.
Jueces que piensan dos veces antes de emitir un fallo.
Magistrados que aprenden a obedecer antes que a razonar.
La sumisión dejó de ser un defecto: es requisito de supervivencia.
La justicia con miedo no es justicia
La lógica del miedo ha reemplazado la del Derecho.
Quien contradice al poder, arriesga su carrera. Quien aplaude, asciende.
Así, la justicia mexicana se ha llenado de silencios cómodos, de fallos complacientes y de funcionarios que repiten, con el mismo tono, la versión oficial.
Ya no hay árbitros, hay portavoces.
Ya no hay balanza, hay aplauso.
El país que alguna vez presumió un tribunal constitucional autónomo, hoy observa cómo sus jueces se arrodillan frente a las urnas que los encadenaron.
La reforma prometía limpiar la corrupción, pero lo que logró fue corromper la dignidad del juez.
Convertir la toga en uniforme partidista.
Y reducir la voz del Derecho a simple decorado institucional.
El Poder Judicial, que debía servir como contrapeso, se ha convertido en coro.
Un coro que canta lo que el poder dicta, en nombre del pueblo pero contra la justicia.
La obediencia no es justicia
México vive hoy una paradoja: tiene más jueces que nunca, pero menos justicia que antes.
El ciudadano dejó de ver en ellos un refugio contra el abuso del poder, para verlos como parte del abuso mismo.
Porque cuando los jueces aprenden a agachar la cabeza,
la ley deja de ser un escudo —
y se convierte en una rodilla sobre el suelo.













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