Lo que vimos en Nueva York no fue la escena de un mártir resistiendo al «imperio», sino la frialdad de un negocio cerrado. Mientras desde su retiro el expresidente López Obrador gritaba «secuestro» y «violación a la soberanía», en las oficinas de la DEA se confirmaba lo que la inteligencia estadounidense ya sabía: Nicolás Maduro no fue capturado; se entregó.
Un cortocircuito en la 4T La disonancia entre la realidad y la retórica de AMLO ha abierto la primera gran grieta del 2026. Al salir a defender a su aliado venezolano sin consultar a la presidenta Sheinbaum, López Obrador no solo exhibió una falta de cortesía política, sino que expuso la fragilidad del mando en Palacio Nacional. Mientras Sheinbaum intenta navegar una transición ordenada con Washington (ahora bajo la dura mirada de Marco Rubio), su antecesor dinamita los puentes diplomáticos defendiendo una narrativa que ya nadie compra.
La ruta del dinero y el narco El colapso del régimen no se debió a la ideología, sino a la evidencia criminal. El «tiro de gracia» para Maduro no vino de una invasión militar, sino de los tribunales de Brooklyn: las confesiones del «Mayo» Zambada y «Los Chapitos» fueron la llave maestra. Al clasificar al Cártel de los Soles como organización terrorista y vincularlo directamente con Sinaloa, Estados Unidos dejó a Maduro sin margen de maniobra.
La operación fue quirúrgica: los hermanos Rodríguez negociaron la impunidad de la vieja guardia chavista a cambio de entregar a la facción más radical y criminal, liderada por Diosdado Cabello. Fue una purga interna disfrazada de transición.
El miedo real en México La preocupación de López Obrador tiene fundamento. Durante seis años, México no solo ofreció asilo retórico a Caracas bajo la falsa bandera de la «no intervención», sino que operó como tanque de oxígeno para una dictadura asfixiada. Lo que Washington busca ahora no son solo los recursos petroleros de Venezuela, sino la red de complicidades regionales.
Si Maduro habla —y todo indica que lo hará para salvar a su círculo íntimo—, la información que entregue podría confirmar que la relación entre la 4T y el chavismo iba mucho más allá de la simpatía política. La pregunta en el aire ya no es si Maduro caerá, sino a quién más arrastrará en su caída.













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