Marx Arriaga, director de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública, decidió dejar de fingir que es funcionario y asumirse como lo que realmente actúa: un agitador ideológico atrincherado en una oficina pública.
Desde su cargo —pagado con impuestos— Arriaga lanzó un llamado a “defendernos masivamente” de las supuestas “cloacas neoliberales” dentro de la propia SEP, es decir, de la institución que le da de comer. El mensaje no es menor: convoca a organizar comités paralelos, con estructura propia, para resistir a la autoridad educativa encabezada por Mario Delgado y, de paso, desautorizar a la presidenta Claudia Sheinbaum.
El texto, escrito con una mezcla de delirio mesiánico y mala redacción, habla de “almas insurgentes”, de “asaltar el cielo” y de formarse en “teología de la liberación”, como si México no fuera un Estado laico y como si la SEP fuera su propiedad personal. Todo envuelto en una simbología casi sectaria, con serpientes, enemigos imaginarios y una narrativa de guerra ideológica.
La pregunta es simple:
¿Quién se cree este tipo para llamar a una rebelión desde dentro del gobierno?
El berrinche de Arriaga tiene origen en algo todavía más absurdo: la SEP publicó tres cuadernillos de apoyo para maestros de matemáticas, revisados por el Cinvestav, porque los libros que él impulsó están llenos de errores. En lugar de asumir la responsabilidad, Arriaga acusó “traición”, “neoliberalismo” y “abandono del obradorismo”.
O sea: corregir errores educativos es neoliberal, según su lógica.
Especialistas en educación no tienen dudas: Arriaga actúa así porque se siente intocable. Investigadores como Marcos Fernández (México Evalúa) y Alma Maldonado (Cinvestav) han señalado que se mueve con la protección directa de López Obrador y de Beatriz Gutiérrez Müller, pese a que no tiene los méritos ni la capacidad para el puesto que ocupa.
No es la primera vez. Bajo su coordinación, los Libros de Texto Gratuitos fueron señalados por errores graves, contenidos ideológicos y adoctrinamiento. Hubo amparos, protestas y estados que se negaron a distribuirlos. Aun así, Arriaga nunca rindió cuentas. Al contrario: se radicalizó.
Mientras tanto, cobra más de 113 mil pesos netos al mes del presupuesto público. Revolucionario de escritorio, rebelde con nómina, marxista de terciopelo.
Aquí el problema ya no es solo Arriaga. El problema es Mario Delgado.
El secretario de Educación no puede seguir haciéndose el ciego mientras un subordinado:
- Desconoce su autoridad
- Desafía decisiones presidenciales
- Llama a organizar una rebelión interna
- Usa su cargo para empujar una agenda ideológica personal
En cualquier gobierno serio, esto sería motivo inmediato de remoción y auditoría. Aquí, no pasa nada.
Si Arriaga quiere jugar a la revolución, que lo haga fuera del gobierno, sin recursos públicos y sin secuestrar la educación de millones de niños para alimentar su fantasía política.
Por dignidad institucional, por respeto a la educación pública y por simple sentido común, Mario Delgado debe exigir ya la renuncia de Marx Arriaga.
Cada día que siga ahí, el mensaje es claro: en la SEP manda el fanatismo, no la responsabilidad.













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