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Sheinbaum, cuestionada por niña: «¿Por qué quitaste los dulces?»

Este Día de Reyes, durante “La Mañanera”, la presidenta Claudia Sheinbaum convirtió la conferencia matutina en un acto simbólico: niños invitados, una rebanada de rosca y regalos para la foto. Sin embargo, entre el discurso edulcorado y el ambiente festivo, surgió una pregunta incómoda que dejó al descubierto lo absurdo de algunas decisiones gubernamentales.

Ivanna, una niña invitada, no preguntó sobre macroeconomía ni salud pública. Fue más directa: cuestionó por qué el gobierno decidió quitar los dulces de las escuelas. La respuesta presidencial fue la ya conocida narrativa oficial: que los dulces hacen daño, que provocan enfermedades a largo plazo y que la solución es prohibirlos en los planteles mientras se “educa” desde el aula.

El problema es que este tipo de respuestas ignoran la realidad. Quitar golosinas de las escuelas no ha reducido la obesidad infantil, como tampoco subir impuestos o encarecer productos ha mejorado la salud pública. Son medidas fáciles, vistosas y moralistas que trasladan la responsabilidad a padres, niños y escuelas, mientras el Estado se limita a prohibir y cobrar más.

Desde marzo de 2025, el gobierno prohibió la venta de productos ultraprocesados en todas las escuelas del país como parte del programa Vida Saludable. La lista de alimentos vetados es larga y conocida, al igual que el nuevo “menú autorizado”: frutas, verduras, gelatina sin azúcar y agua natural. Todo muy correcto en el papel, pero completamente desconectado del entorno real en el que viven millones de familias.

Ni la eliminación de dulces en las escuelas ni la constante subida de impuestos han atacado las causas de fondo: pobreza, mala alimentación en casa, falta de educación nutricional efectiva y ausencia de políticas integrales de salud. En su lugar, el gobierno insiste en medidas superficiales que sirven más para el discurso político que para resolver problemas reales.

La escena de Ivanna no fue una anécdota simpática. Fue un recordatorio de que muchas decisiones públicas no pasan la prueba más básica: explicarse con sentido común. Cuando ni siquiera un niño entiende para qué sirven, quizá el problema no sea el azúcar, sino las políticas.

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