Hay un momento en la vida del poder en el que los silencios pesan más que los discursos. Ese momento ya llegó para Jesús Ramírez Cuevas. No porque alguien haya decidido juzgarlo públicamente, sino porque en Palacio Nacional dejaron de defenderlo. Y cuando eso pasa, el mensaje es claro: el problema ya no es lo que hizo, sino lo que todavía puede contar.
Ramírez nunca fue un burócrata más. Tampoco un vocero técnico ni un ideólogo ingenuo. Fue —y esto es lo que incomoda— una de las mentes más frías y eficaces del radicalismo obradorista. El tipo que entendió que el verdadero poder no está solo en gobernar, sino en controlar el relato, en decidir qué se ve, qué se oculta y qué se convierte en épica.
Por eso es un error presentarlo hoy como un daño colateral. La corrupción que lo rodea no es una anomalía: es consecuencia directa del modelo de poder que se construyó desde Palacio Nacional. Señalarlo obliga a aceptar que muchas decisiones que hoy se quieren deslindar fueron tomadas con conocimiento, aval y protección desde arriba.
Con Andrés Manuel López Obrador, Jesús Ramírez fue un activo. Un operador confiable, útil, blindado. Empujó decretos, sostuvo narrativas y administró silencios incómodos. No actuaba solo. Actuaba con la tranquilidad de quien sabía que el respaldo presidencial era absoluto.
Hoy, con Claudia Sheinbaum, esa lógica se rompió. Ramírez ya no suma. Resta. Cada mención de su nombre arrastra preguntas que el nuevo gobierno no quiere responder. Cada investigación que lo roza amenaza con cruzar la línea entre el sexenio pasado y el presente.
El capítulo que le dedica Julio Scherer, donde se le atribuye la promoción de un decreto que habría generado una afectación multimillonaria al erario, no debería leerse como un ataque aislado. Es una advertencia. Igual que el reportaje que exhibe los negocios inmobiliarios de Alejandro Páez Varela, un personaje que durante años orbitó cómodamente alrededor del vocero. Los expedientes estaban ahí. Solo faltaba el momento.
Y hay otro nombre que sigue flotando, incómodo, sin resolverse del todo: Sergio Carmona. La presunta cercanía de Ramírez con ese entramado no es una anécdota, es una amenaza latente. Especialmente porque hay investigaciones que no se limitan a México y que no entienden de “salidas elegantes”.
De eso se trata todo esto. De una salida elegante que no es elegancia, sino contención de daños. Porque sostener a Jesús Ramírez dentro del aparato de gobierno implica aceptar que el pasado no está cerrado. Que hay decisiones, relaciones y operaciones que todavía pueden rebotar… y muy fuerte.
En privado, el diagnóstico ya está hecho. Se quedó por compromiso. Se sostuvo por lealtad heredada. Pero nadie quiere cargar con él. La pregunta no es si lo van a soltar, sino qué tan tarde lo harán y cuánto costará.
Porque Jesús Ramírez no es peligroso por lo que fue. Es peligroso por lo que sabe. Y cuando el poder empieza a temerle a su propia memoria, es porque algo —o alguien— está a punto de romperse.














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