En México hay personajes que intentan disfrazar su pasado, pero hay manchas que ni el mejor lavado mediático puede borrar. Y César Mario Gutiérrez Priego es el ejemplo perfecto. No importa cuántos videos grabe, cuántas entrevistas dé o cuántas historias invente para limpiarse la cara: su nombre está soldado a una sola palabra que lo persigue desde que abrió los ojos. NARCO. Todo en su trayectoria huele a eso. Todo lo que toca lo conecta con eso. Y todo lo que trata de ocultar lo regresa al mismo lugar: un entorno podrido, militarizado, infiltrado por cárteles y lleno de cadáveres.

Su historia no comienza él, sino con su padre, el tristemente célebre general Jesús Gutiérrez Rebollo, el supuesto “zar antidrogas” que terminó desenmascarado como uno de los protectores principales de Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos”. Ese no fue un rumor ni una persecución política: fue un escándalo devastador, un expediente lleno de detalles, un proceso penal que terminó en sentencia. Mientras México creía que combatía al narco, el general estaba arrodillado ante él, resguardándolo, abriéndole puertas y dándole cobertura mientras la droga corría por todo el país. Y ese es el apellido que César lleva en la frente. Ese es el ADN del que proviene. Ese es el mundo que lo formó.
Pero lo verdaderamente grotesco es que, en lugar de huir de ese pasado vergonzoso, César decidió hundirse más en él. No rompió con el narco: se acercó todavía más. A lo largo de su carrera se convirtió en abogado y asesor de los mismos mandos que han sido señalados por vínculos criminales, desapariciones forzadas, tortura, encubrimientos, ejecuciones extrajudiciales y protección a cárteles. No estamos hablando de pequeños casos aislados; hablamos de una trayectoria entera construida alrededor de los mismos círculos donde su padre cayó. Es como si la misma estructura criminal que destruyó al “zar antidrogas” siguiera viva a través de su hijo, rediseñada, maquillada y disfrazada de “experto”.
Y mientras intenta venderse como una figura pública limpia, las denuncias recientes lo hunden aún más. Se le acusa de proteger agresores, de revictimizar a menores, de intentar manipular narrativas para cubrir delitos, de participar en campañas sucias y de operar exactamente como operan las redes que durante décadas sirvieron de puente entre militares y cárteles. Nada ha cambiado. Nada se ha roto. Nada se ha limpiado. Al contrario: todo indica que el patrón continúa.
Lo más repugnante es que pretende dar lecciones de seguridad cuando jamás ha demostrado estar del lado correcto. Su trayectoria no es de justicia: es de complicidades. No es de legalidad: es de conveniencia. No es de valentía: es de oportunismo. Cada uno de sus movimientos termina favoreciendo, directa o indirectamente, a los mismos grupos que han desangrado al país. Su discurso es humo; su “expertise” es inventado; su autoridad moral es inexistente. Y su relación con estructuras marcadas por el narcotráfico no es un episodio del pasado: es un sello presente, vivo y vigente.
Porque no se trata de un hombre que intenta superar la sombra de su padre. Se trata de alguien que nunca salió de ella. Alguien que se forjó en el mismo lodo. Alguien cuya carrera se mantiene en el mismo ecosistema donde los cárteles compran, infiltran, extorsionan y manipulan. Alguien que ha hecho del narco un contexto permanente, una relación funcional, una herencia incómoda que él mismo decidió convertir en camino profesional.
En un país destrozado por el crimen organizado, normalizar figuras como César Gutiérrez Priego no solo es irresponsable: es peligroso. Es permitir que quienes crecieron al calor de los cárteles sigan teniendo voz, foco e influencia pública. Es ignorar que detrás de su sonrisa televisiva hay una historia de escándalos, acusaciones, militares corruptos, expedientes oscuros y una cercanía asfixiante con los peores actores del país.
César Gutiérrez Priego no es un especialista. No es un referente. No es una autoridad.
Es, simple y llanamente, un hombre cuya vida entera ha orbitado alrededor del narco, desde su cuna hasta su carrera actual. Y México ya no puede seguir tolerando eso.













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