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Soberanía como pretexto: el caso Rocha Moya exhibe el doble discurso del gobierno

La reacción del oficialismo ante las acusaciones contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, no deja espacio a dudas: cerrar filas, minimizar el fondo y refugiarse en el argumento de la soberanía. Desde Morena, legisladores y voceros han optado por calificar los señalamientos provenientes de Estados Unidos como una “agresión extranjera”, evitando deliberadamente entrar al punto central: la gravedad de las acusaciones.

El problema de esta narrativa es evidente. No responde a la pregunta esencial: ¿existe o no evidencia de vínculos con el narcotráfico? En lugar de exigir claridad, el aparato político ha activado un mecanismo defensivo que prioriza la protección del poder sobre la rendición de cuentas. La soberanía, en este contexto, se convierte en un escudo retórico, no en un principio genuino de defensa institucional.

Este comportamiento no es aislado, sino consistente con una práctica cada vez más visible: descalificar cualquier señalamiento incómodo como parte de una conspiración externa. Sin embargo, esa estrategia tiene límites. Cuando las acusaciones se originan en procesos judiciales formales —y no únicamente en declaraciones mediáticas— el costo de ignorarlas o relativizarlas se vuelve significativamente mayor.

Más aún, el caso desnuda una contradicción profunda en el discurso del oficialismo. Durante años, Morena construyó su legitimidad sobre la promesa de erradicar la corrupción y romper con las prácticas del pasado. Conceptos como “honestidad”, “transformación” y “limpieza del poder” fueron utilizados como banderas políticas constantes. Hoy, frente a un señalamiento de alto nivel, esos principios parecen quedar subordinados a la lógica de protección interna.

Para amplios sectores de la sociedad, esto representa algo más que una incongruencia: es una señal de deterioro institucional. La defensa automática de un funcionario señalado por posibles vínculos con el crimen organizado no solo erosiona la credibilidad del gobierno, sino que envía un mensaje preocupante sobre los estándares reales de responsabilidad pública.

El impacto no se limita al ámbito interno. En el plano internacional, el caso añade tensión a la relación con Estados Unidos, particularmente en materia de seguridad y cooperación contra el narcotráfico. Ignorar o desestimar el proceso podría interpretarse como falta de disposición para enfrentar problemas estructurales que afectan a ambos países.

Mientras tanto, el silencio prolongado de Rocha Moya alimenta la incertidumbre. La ausencia de una respuesta clara y directa frente a acusaciones de esta magnitud no contribuye a disipar dudas; por el contrario, las profundiza.

Lo que está en juego va más allá de un solo caso. Se trata de la coherencia de un proyecto político que prometió ser distinto. Si el gobierno opta por blindar a sus figuras sin exigir explicaciones, corre el riesgo de confirmar lo que durante años negó: que el poder, sin controles efectivos, tiende a reproducir exactamente las prácticas que decía combatir.

El desenlace del caso no solo definirá la situación de un gobernador, sino también la credibilidad de un discurso que, frente a la primera gran prueba interna, parece tambalearse.

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