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La SCJN avala congelamiento de cuentas sin orden judicial y enciende alarmas por control financiero

La decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de avalar el proyecto impulsado por Loretta Ortiz para permitir que la Unidad de Inteligencia Financiera congele cuentas bancarias sin necesidad de una orden judicial ha abierto un nuevo frente de preocupación en torno al uso del poder financiero del Estado y sus implicaciones para el Estado de derecho en México.

Lejos de tratarse únicamente de un ajuste técnico en materia financiera, la resolución ha sido interpretada por diversos sectores como la institucionalización de un mecanismo que permite ejercer presión directa sobre ciudadanos, empresarios o actores políticos sin la intervención previa de un juez. En este contexto, la UIF adquiere una capacidad operativa que, sin controles judiciales inmediatos, coloca a los individuos en una posición de indefensión frente al aparato estatal.

La resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación no sólo cambia un procedimiento: altera la relación entre el ciudadano y el poder de forma profunda.

Primero, elimina el filtro más importante que tenía el sistema: el juez. A partir de ahora, la Unidad de Inteligencia Financiera puede actuar sin ese contrapeso inmediato. Eso significa que la decisión de intervenir tu patrimonio deja de pasar por un árbitro independiente y se concentra en una autoridad administrativa.

Segundo, invierte una lógica básica del derecho. Ya no es el Estado quien tiene que demostrar que hiciste algo indebido antes de afectarte; ahora eres tú quien tiene que probar tu inocencia después de que ya te congelaron las cuentas. El castigo llega primero, la defensa después.

Tercero, coloca a cualquier persona en una posición de vulnerabilidad total. Porque no estamos hablando de una multa o una sanción menor: estamos hablando de bloquear el acceso a tu dinero, a tu capacidad de pagar, operar, vivir. Es una medida que impacta de inmediato y sin margen de reacción.

Cuarto, abre un margen de discrecionalidad enorme. Sin criterios completamente transparentes ni control judicial previo, la pregunta deja de ser si se puede usar la herramienta, y pasa a ser quién decide cuándo usarla… y contra quién.

Quinto, genera un efecto silencioso pero potente: el miedo. Cuando existe la posibilidad de que una autoridad pueda intervenir tu vida financiera sin juez de por medio, la crítica deja de ser completamente libre. No porque esté prohibida, sino porque empieza a tener consecuencias potenciales.

Y finalmente, deja un precedente delicado. Porque una vez que el sistema acepta que se puede actuar sin orden judicial en algo tan sensible como el dinero, el límite institucional se mueve. Y cuando ese límite se mueve, rara vez regresa a donde estaba.

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