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Sheinbaum reta a Trump, se cobija en la soberanía y defiende narcos

La presidenta mexicana convierte una investigación penal legítima en un agravio nacional. Para Washington, el gesto es transparente: proteger a un aliado político acusado de narcotráfico no es soberanía — es impunidad con retórica.

Si el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusara a diez funcionarios de un país aliado de colaborar activamente con un cártel de narcotráfico, lo esperable sería que ese gobierno abriera sus propias investigaciones. Claudia Sheinbaum hizo lo contrario: salió a defenderlos ante una multitud eufórica y llamó al proceso judicial «injerencia».

El espectáculo del domingo en el Monumento a la Revolución fue políticamente eficaz y moralmente revelador a partes iguales. La presidenta mexicana, ante decenas de miles de simpatizantes que la vitoreaban, transformó la acusación penal contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya — su aliado, cuadro de Morena, cercano al expresidente López Obrador — en una causa patriótica. «México no es piñata de nadie», declaró, en la frase que sus bases repitieron como consigna. Lo que no dijo es igualmente importante: en ningún momento comprometió una investigación independiente. En ningún momento exigió que Rocha Moya demostrara su inocencia. Solo exigió que Washington callara.

«Cuando se normaliza la idea de que otro país puede intervenir en asuntos que solo corresponden a los mexicanos, ya no hablamos de cooperación, estamos hablando de injerencia.»
— Sheinbaum, 31 de mayo. No mencionó investigar al gobernador acusado.

El caso que Sheinbaum no quiere ver

El Tribunal del Distrito Sur de Nueva York — la misma corte que procesó a El Chapo — acusó a diez ciudadanos mexicanos de vínculos con el Cártel de Sinaloa y la facción conocida como «Los Chapitos». Entre los acusados: un gobernador en funciones, un senador de la república y un alcalde. La solicitud de extradición urgente no tiene precedentes en la historia bilateral. Y el gobierno mexicano respondió no con una auditoría, no con una suspensión de funciones, no con una investigación fiscal — sino con un mitin.

Un detalle que lo dice todo: Gerardo Mérida Sánchez, ex secretario de seguridad de Sinaloa y uno de los diez imputados, se entregó voluntariamente a las autoridades en Nueva York y compareció ante un juez federal. Es decir, uno de los propios acusados mostró más disposición a enfrentar la justicia que la presidenta de México a permitir que la justicia actuara.

El argumento de Sheinbaum es que Washington no presentó pruebas públicas. Es una postura conveniente para quien no quiere que las pruebas salgan a la luz. El Departamento de Justicia raramente presenta evidencia en abierto antes de un juicio — eso es estándar en cualquier sistema penal serio. Exigirlo como condición previa es, en la práctica, una forma de garantizar que el proceso no avance.

La CIA, los agentes muertos y la coartada perfecta

Para fortalecer su narrativa, Sheinbaum volvió a invocar el incidente del 19 de abril: la muerte de dos agentes de la CIA en Chihuahua durante una operación que, según el gobierno mexicano, se realizó sin autorización ni acreditación formal. Es un argumento con algo de sustancia — la presencia de agencias extranjeras operando sin coordinación es un problema real de soberanía. Pero hay una trampa en el razonamiento: usar una violación de protocolo operativo para deslegitimar una acusación penal independiente es un non sequitur. Que la CIA haya actuado fuera de canales no convierte a un gobernador acusado de narcoprotección en víctima de la geopolítica.

En Washington, la lectura es más sencilla: Sheinbaum necesita el incidente de Chihuahua para construir un relato de agresión sistemática que justifique su negativa a cooperar. Sin ese contexto emocional, la defensa de Rocha Moya sería mucho más difícil de vender a cualquier audiencia que no sea ya su base militante.

La pregunta que nadie en Morena quiere responder

Hay una contradicción en el corazón del discurso de Sheinbaum que merece ser señalada con claridad: la presidenta afirmó que México no encubrirá a nadie que haya cometido un delito. Pero se niega a tomar medida disciplinaria alguna contra un gobernador formalmente imputado por uno de los tribunales penales más reputados del mundo. ¿Cuánta evidencia hace falta para que un aliado de Morena pierda la presunción de inocencia política, si no la jurídica?

En el fondo, el problema no es que Estados Unidos pida demasiado. El problema es que México lleva años entregando a capos anónimos mientras protege a los que tienen credencial de partido. Eso no es soberanía. Es selectividad.

El costo real: el USMCA y una economía que no puede darse lujos

Lo que hace aún más difícil sostener la postura de Sheinbaum es el contexto económico. México y Estados Unidos están en plena negociación del T-MEC, y Trump ha dejado claro que quiere una renegociación favorable, no solo una revisión rutinaria. La economía mexicana, con un desempleo oficial del 2.5% pero con señales de desaceleración en sectores clave, no está en posición de escalar un conflicto con su principal socio comercial. Analistas consultados por medios especializados apuntan que Sheinbaum probablemente termine entregando a Rocha Moya — la pregunta es cuánto daño bilateral habrá acumulado para entonces con su retórica de barricada.

El discurso del domingo puede haberle dado a Sheinbaum una victoria política de corto plazo frente a su base. Frente a Washington — y frente a cualquier observador que lea los hechos sin el filtro del nacionalismo — lo que dejó fue una imagen mucho más incómoda: la de una presidenta que prefiere quemar la relación bilateral antes que investigar a sus propios aliados.

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