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La mafia del bienestar: el clan López Beltrán y su red de poder

Durante años, Andrés Manuel López Obrador construyó una parte sustancial de su capital político denunciando la existencia de una élite enquistada alrededor del poder público, una red formada, según su propio discurso, por empresarios favorecidos, políticos profesionales, familiares con influencia, contratistas cercanos al gobierno y personajes capaces de convertir las relaciones personales en ventajas económicas, de manera que resulta imposible ignorar la contradicción cuando, después de un sexenio completo de la llamada Cuarta Transformación, comienzan a aparecer alrededor de su propia familia estructuras que recuerdan demasiado a aquello que prometió erradicar.

El caso de Andrés Manuel “Andy” López Beltrán resulta especialmente revelador porque no estamos hablando únicamente del hijo de un expresidente que decidió participar en política o emprender negocios privados, sino de una figura que ha acumulado influencia dentro de Morena mientras alrededor de su apellido se documentan relaciones familiares, empresariales y políticas que obligan a formular preguntas incómodas sobre el verdadero alcance de la transformación prometida, sobre la distancia que existe entre la retórica oficial y la práctica cotidiana, y sobre la facilidad con la que una fuerza política que llegó al poder denunciando privilegios puede terminar reproduciendo exactamente las mismas dinámicas que utilizó durante años como argumento para desacreditar a sus adversarios.

Conviene aclarar algo desde el principio, porque una crítica seria no necesita inventar delitos donde no están probados: tener empresas no es ilegal, tener amigos empresarios tampoco lo es, pertenecer a una familia poderosa no constituye una falta y ninguna relación personal, por incómoda que resulte políticamente, demuestra por sí sola corrupción, tráfico de influencias o desvío de recursos públicos; sin embargo, reducir todo el debate a la pregunta de si existe o no una sentencia judicial sería profundamente ingenuo, porque en una democracia el escrutinio público no comienza cuando un juez dicta condena, sino cuando las relaciones entre poder político, negocios privados y contrataciones gubernamentales adquieren una densidad suficiente como para exigir explicaciones, transparencia y una rendición de cuentas mucho más rigurosa que la ofrecida hasta ahora.

Andy López Beltrán ocupa una posición excepcional precisamente porque su trayectoria política no puede separarse del peso del apellido que lleva, dado que es hijo del fundador de Morena, integrante de una familia que permanece profundamente vinculada con la vida pública de Tabasco y del país, y dirigente dentro de una organización política que controla amplios espacios del poder institucional mexicano, por lo que cualquier actividad empresarial desarrollada paralelamente a esa influencia merece una vigilancia proporcional al poder que rodea a su entorno, sobre todo cuando algunas de las personas que aparecen cerca de la familia han sido mencionadas en investigaciones periodísticas relacionadas con contratos públicos de cientos de millones de pesos.

Las empresas vinculadas a López Beltrán, entre ellas Vinos Cósmicos, Finca Rocío y Realesco, no constituyen por sí mismas evidencia de irregularidad alguna, pero sí forman parte de un escenario político que obliga a recordar el estándar moral que Morena impuso durante años a sus adversarios, porque fue precisamente el obradorismo el que convirtió cualquier relación entre empresarios y funcionarios en sospecha, cualquier crecimiento patrimonial en motivo de escrutinio y cualquier cercanía familiar con el poder en argumento para hablar de privilegio, de modo que resultaría intelectualmente deshonesto aceptar ahora que esas mismas circunstancias deban interpretarse con indulgencia simplemente porque los protagonistas pertenecen al movimiento que gobierna.

La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando aparece Jorge Amílcar Olán Aparicio, empresario señalado por diversos trabajos periodísticos como persona cercana a los hermanos López Beltrán y cuyo nombre ha sido relacionado con compañías que obtuvieron contratos públicos durante el gobierno de López Obrador, entre ellos los adjudicados a Romedic con recursos del desaparecido INSABI, además de investigaciones que han colocado sus negocios alrededor de proyectos estratégicos como el Tren Maya y el Corredor Interoceánico, una coincidencia que no permite afirmar automáticamente que existió intervención indebida de Andy López Beltrán, pero que sí convierte en legítima la pregunta sobre la profundidad de las relaciones entre cercanía personal, acceso político y oportunidades económicas.

Ese es precisamente el punto que Morena parece empeñada en evitar, porque cuando las investigaciones sobre relaciones entre políticos, empresarios y contratistas afectaban a gobiernos del PRI o del PAN, la explicación oficialista era sencilla y contundente: la cercanía con el poder era presentada como evidencia de un sistema corrupto, las redes de amistad se describían como tráfico de influencias potencial y cualquier contrato otorgado a alguien próximo a una figura política se convertía inmediatamente en símbolo de una élite privilegiada, mientras que ahora, cuando los mismos patrones aparecen alrededor de la familia del expresidente que convirtió esa narrativa en bandera política, la respuesta habitual consiste en desacreditar a los medios, acusar campañas de desprestigio y exigir pruebas judiciales definitivas antes de aceptar siquiera que existe un problema de apariencia, de ética pública o de conflicto potencial de interés.

El problema de fondo, entonces, no es únicamente Andy López Beltrán, sino la transformación de Morena en una estructura que comienza a reproducir las características de las élites que decía combatir, porque la concentración de poder político alrededor de familias, la construcción de carreras públicas sustentadas en apellidos, la coexistencia entre actividad empresarial e influencia partidista, y la presencia de contratistas cercanos al entorno de quienes gobiernan son rasgos demasiado conocidos en la historia mexicana como para fingir que adquieren una naturaleza distinta cuando los protagoniza la izquierda.

La historia política de México demuestra que las élites rara vez desaparecen cuando un nuevo grupo alcanza el poder, sino que normalmente cambian de integrantes, de lenguaje y de símbolos, mientras conservan intactos los mecanismos de acceso, influencia y protección que permiten a determinadas personas moverse con una facilidad extraordinaria entre la política, los negocios y las relaciones personales, razón por la cual resulta cada vez más difícil aceptar la idea de que la Cuarta Transformación haya desmontado las viejas estructuras del régimen cuando alrededor de sus principales figuras comienza a consolidarse un entramado que recuerda demasiado a los viejos círculos de poder.

Lo que vuelve especialmente grave esta situación es la superioridad moral con la que el obradorismo justificó buena parte de su proyecto, porque Morena no se presentó simplemente como una alternativa administrativa o ideológica, sino como una regeneración ética de la vida pública, una ruptura histórica con el influyentismo, los privilegios familiares y el capitalismo de cuates, de manera que cualquier indicio de que esos comportamientos continúan existiendo bajo nuevos apellidos no constituye una contradicción menor, sino una impugnación directa al relato fundacional del régimen.

Si Andy López Beltrán pretende consolidar una carrera política propia, tendrá que aceptar que su apellido no solamente le ofrece capital político, acceso y reconocimiento, sino que también lo somete a un nivel de escrutinio excepcional, porque quien forma parte de una familia que ha concentrado tanto poder público no puede exigir ser tratado como un empresario o militante ordinario cuando sus relaciones personales, sus negocios y sus vínculos partidistas se desarrollan dentro de un ecosistema construido alrededor del movimiento fundado por su propio padre.

La respuesta correcta frente a esta situación no debería ser la persecución política ni la fabricación de culpabilidades, sino algo mucho más sencillo y democrático: transparencia patrimonial completa, claridad sobre las relaciones empresariales, explicación pública de cualquier vínculo con contratistas gubernamentales y apertura total al escrutinio periodístico, porque si realmente no existe nada irregular, la mejor defensa no consiste en atacar a quien pregunta, sino en permitir que la información sea conocida y evaluada sin obstáculos.

Morena prometió terminar con la mafia del poder, pero el problema es que, con el paso de los años, empieza a resultar legítimo preguntarse si realmente destruyó aquella estructura o simplemente sustituyó a sus integrantes, porque cuando el poder político, los apellidos familiares, los negocios privados, los empresarios cercanos y los contratos públicos vuelven a aparecer conectados dentro del mismo ecosistema, la diferencia entre el viejo régimen y la supuesta transformación comienza a parecer mucho más retórica que real.

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