Hay una vieja pregunta mexicana que sirve para explicar bodas fastuosas, campañas sospechosamente bien financiadas, desplegados a página completa, encuestas milagrosas y otros fenómenos de la vida pública: ¿quién pompó?
La pregunta vino a cuento este fin de semana después de leer en El Universal una columna titulada “Salinas Pliego: el sueño del poder presidencial, mientras se estrella contra sus propios límites”, firmada por un personaje que aparece bajo el seudónimo de “Cisne Negro”. No sabemos quién es el Cisne Negro, pero después de leerlo queda claro que sabe muchísimo. Sabe lo que quiere Ricardo Salinas Pliego, lo que planea, lo que se comenta en su círculo cercano, para qué sirve la nueva programación de TV Azteca, qué papel juegan ciertos analistas, hacia dónde apunta La Derecha Diario y hasta qué consecuencias tendrá todo esto para el pensamiento crítico de los mexicanos.
Lo único que no parece saber el Cisne Negro es cómo demostrar todo eso.
El texto tiene una técnica curiosa. Arranca con un spot de Grupo Salinas, pasa a las encuestas, luego a TV Azteca, después a María Amparo Casar, Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda, enseguida brinca a La Derecha Diario y, unas cuantas líneas más tarde, ya estamos frente a una posible candidatura presidencial, una batalla cultural, una maquinaria de opinión y una ofensiva destinada a moldear la conversación pública. Todo sin el inconveniente menor de explicar con precisión cómo se conecta una cosa con otra.
Es una maravilla de ingeniería narrativa. Uno pone suficientes nombres propios, medios de comunicación, palabras como “establishment”, “ultraderecha”, “polarización” y “batalla ideológica” en una licuadora, aprieta el botón y obtiene una candidatura presidencial.
El momento más extraordinario llega cuando se nos informa que “en el círculo cercano de Salinas Pliego se habla firmemente” de sus aspiraciones políticas. Esa frase debería estudiarse en las facultades de periodismo. ¿Quién habla? No sabemos. ¿Cuántas personas? Tampoco. ¿Qué dijeron exactamente? Misterio. ¿Cuándo lo dijeron? Quién sabe. Pero se habla firmemente, que siempre suena mucho más serio que simplemente decir que alguien contó algo.
Antes los periodistas tenían fuentes. Ahora, al parecer, tienen círculos cercanos.
Y aquí vuelve la pregunta inevitable: ¿quién pompó?
No porque exista evidencia pública de que alguien le haya pagado a El Universal para publicar esta columna. No la hay, y afirmar lo contrario sería hacer exactamente lo mismo que hace el texto que estamos criticando: convertir una sospecha en una afirmación. Pero la pregunta funciona porque exhibe la naturaleza misma de la pieza. Todo está construido para empujar al lector hacia una conclusión sin terminar de probarla. No acusa del todo; insinúa. No demuestra; acomoda elementos. No presenta la pieza central del rompecabezas, pero coloca suficientes piezas alrededor para que el lector termine imaginándola.
Ricardo Salinas Pliego quiere ser presidente. TV Azteca forma parte del proyecto. Los comentaristas son parte del dispositivo. La Derecha Diario también. Todo constituye una operación política y cultural. El público está siendo sometido a contenidos que distorsionan deliberadamente la conversación nacional.
Eso dice, en esencia, la columna.
Muy bien.
¿Y las pruebas?
Porque criticar a Salinas Pliego no es particularmente difícil. Tiene empresas, una televisora, litigios fiscales, una actividad política cada vez más visible, una presencia enorme en redes sociales y una colección bastante generosa de declaraciones polémicas. Hay material real de sobra para escribir columnas críticas durante meses. Precisamente por eso sorprende que alguien decida dejar de lado lo comprobable y construir una especie de novela de espionaje electoral.
Si existe una operación política rumbo a una candidatura, que se documente. Si hubo reuniones, que se mencionen. Si existen acuerdos, que se expliquen. Si alguien del famoso círculo cercano habló, que se dé contexto sobre esa fuente. Si TV Azteca difundió información falsa, que se señale cuál fue la información, cuándo se transmitió y por qué era falsa. Eso permitiría discutir hechos.
Pero el Cisne Negro prefiere otra cosa: la insinuación elegante.
Y luego está el estilo.
No sé si el texto fue hecho con inteligencia artificial y no hay elementos suficientes para afirmarlo. Pero tiene esa textura cada vez más reconocible de cierta prosa inflada que quiere sonar profunda acumulando conceptos: “infraestructura de un corporativo privado”, “espectro multimedial”, “batalla ideológica y cultural”, “escenarios de conversación pública nacional”, “reflexión edificante”. A ratos uno espera que el siguiente párrafo empiece con “en conclusión, es importante destacar que”.
Podría uno imaginar perfectamente la instrucción: “Escribe una columna contra Ricardo Salinas Pliego. Tono grave. Sugiere que quiere ser presidente. Mete a la ultraderecha, la polarización, varios intelectuales y una amenaza a la democracia. No seas demasiado específico”.
Y sale esto.
El verdadero problema no es que El Universal publique una columna contra Salinas Pliego. Un periódico puede publicar opiniones durísimas contra cualquier empresario, político o figura pública. Para eso existen las páginas de opinión. El problema aparece cuando una tiradera se disfraza de revelación y pretende tener la autoridad de una investigación sin cargar con las molestias que implica investigar.
Porque investigar es una actividad terriblemente incómoda. Hay que buscar documentos, confirmar versiones, hablar con personas, contrastar información y, peor todavía, demostrar lo que uno afirma. Es mucho más sencillo escribir que “se habla firmemente” en algún círculo misterioso.
También ayuda firmar como Cisne Negro.
Hay algo particularmente cómico en publicar una pieza que exige transparencia sobre las intenciones políticas de los demás mientras la identidad del articulista queda envuelta en una neblina bastante conveniente. El autor quiere saber qué pretende Salinas, qué pretende su televisora, qué pretenden sus analistas y qué pretende un portal digital, pero nosotros no podemos saber siquiera quién demonios nos está explicando todo eso.
Que no mamen.
Y por eso uno acaba regresando a la pregunta original: ¿quién pompó?
Puede que nadie. Puede que nadie haya pagado absolutamente nada y que la columna haya pasado normalmente por los filtros editoriales de El Universal. De ser así, la explicación quizá resulte todavía más interesante.
Porque entonces no estaríamos frente a una operación pagada, sino frente a algo mucho más sencillo y mucho más mexicano: una tiradera con pretensiones de investigación.
Con foto, subtítulos, encuestas, fuentes nebulosas, ultraderecha, candidatura presidencial, guerra cultural y amenaza al pensamiento crítico.
Todo incluido.
Menos las pruebas.













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