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«La palabra y sus dueños»

Hay una ciudad debajo de esta ciudad, una que existe en las banquetas de Tepito y en los mercados de La Merced y en los cuartos de azotea donde la gente se levanta antes del amanecer para vender periódicos que ya nadie lee, y esa ciudad tiene sus propios periodistas, hombres y mujeres que aprendieron el oficio a golpes, que cubrieron terremotos y matanzas y elecciones robadas sin más herramienta que un cuaderno y la obstinada convicción de que la verdad, aunque incómoda, era lo único que valía la pena escribir.

A esos periodistas no los invitaron al Segundo Encuentro Continental de Comunicador@s Independientes.

O quizás sí los invitaron, que es todavía peor.

El evento lo convoca Jesús Ramírez Cuevas, que durante años fue la voz del gobierno, el hombre que cada mañana salía ante las cámaras a explicar el mundo según la versión oficial, y que ahora, con el mismo aplomo con el que hacía todo lo demás, ha decidido convocar a los periodistas independientes a reunirse en el Centro Histórico los días 20 y 21 de marzo, bajo una manta guinda con un caracol azteca y las palabras Informar es Liberar escritas con la tipografía solemne de quien nunca ha dudado de nada.

La dirección del sitio es informaresliberar.atdt.gob.mx, porque en este país incluso la liberación tiene número de empleado federal.

Uno piensa en todos los periodistas que este gobierno señaló, ignoró, desacreditó o simplemente dejó de financiar cuando se negaron a seguir la línea, y uno piensa en los que sí siguieron la línea y cobraron puntual, y uno piensa en el libro de Julio Scherer que señala a Ramírez Cuevas y a Mario Delgado con nombre y apellido en relación con dinero de economías criminales que habría financiado campañas en el norte del país desde 2018, y uno intenta encontrar la palabra exacta para describir lo que ocurre cuando ese hombre habla de libertad de prensa, y la palabra que uno encuentra no es hipocresía, que es demasiado pequeña, sino algo más parecido al despojo, la sensación de que te están quitando algo que te pertenecía, que les pertenecía a todos, que era el lenguaje mismo y lo que significaban sus palabras.

María Elena Morera lo dijo con claridad: ante acusaciones tan graves, el hombre debería renunciar en lugar de hablar de compromiso con la verdad. Pero Ramírez Cuevas no renunció. Publicó el tuit y siguió adelante, porque en este oficio, cuando llevas suficiente tiempo cerca del poder, desarrollas una clase particular de sordera que te permite escuchar únicamente lo que confirma lo que ya creías.

Hamill escribió alguna vez que las ciudades grandes producen dos tipos de hombres públicos: los que llegaron para servir a la ciudad y terminaron sirviendo a sus ambiciones, y los que llegaron para servir a sus ambiciones y aprendieron, con los años, a llamarle a eso servicio público, y que la diferencia entre ambos era casi imposible de detectar desde afuera porque los dos usaban el mismo vocabulario y la misma corbata y la misma expresión de gravedad serena cuando las cámaras estaban encendidas.

En el Centro Histórico de la Ciudad de México, el 20 y 21 de marzo, habrá un encuentro de comunicadores independientes organizado por el gobierno, y habrá discursos sobre la verdad pronunciados por alguien que enfrenta señalamientos sobre dinero criminal, y habrá aplausos, y habrá fotografías, y la manta guinda con el caracol azteca ondeará sobre todo eso con una dignidad que nadie en la sala tendrá derecho a reclamar.

Y en alguna azotea de Tepito, un repartidor de periódicos saldrá antes del amanecer sin saber que alguien, en su nombre, está celebrando la libertad de prensa.

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