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El miedo está fracturando a MORENA

Hay algo que empieza a notarse en Morena y no tiene que ver con discursos de la oposición ni con exageraciones de comentaristas: el partido que gobierna México comienza a mostrar signos claros de miedo, y el miedo, en política, casi siempre viene acompañado de otra cosa igual de peligrosa para quien detenta el poder: la división interna.

Durante años Morena cultivó la narrativa de ser un movimiento compacto, disciplinado y prácticamente invencible, una fuerza política que había llegado para quedarse durante décadas y que tenía bajo control el tablero electoral, el Congreso y la conversación pública. Sin embargo, cuando se rasca un poco la superficie de esa imagen comienza a aparecer una realidad distinta: tensiones dentro del propio movimiento, nerviosismo ante un escenario internacional incierto y la creciente preocupación de que la mayoría política que hoy tienen podría no ser eterna.

El contexto internacional tampoco ayuda a calmar esos temores. El regreso de Donald Trump al centro del debate político en Estados Unidos revive amenazas comerciales, presiones migratorias y tensiones diplomáticas que afectan directamente a México, lo que introduce un elemento de incertidumbre en la economía, en la inversión y en el futuro del T-MEC. Morena entiende perfectamente que cualquier sobresalto externo puede convertirse en un costo político interno, y esa conciencia explica por qué el gobierno ha empezado a reaccionar más que a anticiparse.

Pero el problema más profundo no está fuera del país sino dentro del propio movimiento gobernante. Morena ya no es un bloque homogéneo sino una coalición de grupos con intereses distintos: los fundadores del lopezobradorismo, los operadores que llegaron desde otros partidos, los nuevos cuadros que buscan posiciones y los aliados que hoy empiezan a marcar distancia cuando perciben que el proyecto podría perder fuerza. Esa tensión se vuelve visible cada vez que aparece un debate interno, cada vez que surgen disputas por candidaturas o cada vez que los aliados legislativos comienzan a cuestionar decisiones que antes habrían respaldado sin titubeos.

La inseguridad y la violencia también pesan en ese ambiente de incertidumbre. México sigue enfrentando una realidad marcada por el crimen organizado, y después de dos décadas de estrategias fallidas para contenerlo, el tema sigue siendo uno de los factores que más influyen en la percepción pública sobre la eficacia del gobierno. Morena sabe que cuando la violencia domina la conversación nacional, la narrativa de transformación pierde fuerza y se vuelve más difícil mantener cohesionadas a sus propias filas.

A ese escenario se suma otro elemento que dentro del partido ha encendido alarmas: el mapa electoral ya no parece tan predecible como antes. Las elecciones recientes demostraron que existen espacios donde el oficialismo ya no domina con la misma comodidad y donde nuevas fuerzas políticas empiezan a disputar votantes que antes parecían cautivos. Para un movimiento que ha gobernado con mayorías legislativas cómodas, la posibilidad de perder ese control no es un detalle menor sino un cambio estructural en la forma de ejercer el poder.

Ese es el punto donde el miedo y la división empiezan a mezclarse. Cuando un partido percibe que puede perder su mayoría en el Congreso, comienzan las discusiones internas sobre cómo conservarla, y esas discusiones rara vez son tranquilas. Surgen diferencias sobre la estrategia, sobre la conveniencia de modificar reglas electorales, sobre la relación con los aliados y sobre la forma en que debe enfrentarse un escenario político que ya no parece tan favorable como antes.

Por eso la discusión sobre la reforma electoral no puede entenderse únicamente como un debate técnico sobre instituciones democráticas. También es el reflejo de una preocupación más profunda dentro del partido gobernante: el temor de que el equilibrio político cambie y de que el sistema que hoy les garantiza ventajas deje de hacerlo mañana. Cuando un movimiento que se presenta como mayoría permanente comienza a buscar ajustes en las reglas del juego justo cuando sus números dejan de ser tan cómodos, la sospecha es inevitable.

Morena sigue siendo el partido más poderoso del país, pero la política tiene una forma implacable de recordarle a los poderosos que ningún dominio es eterno. Y cuando dentro de un mismo movimiento comienzan a convivir el miedo a perder el poder y las disputas internas sobre cómo evitarlo, lo que aparece no es fortaleza sino algo mucho más frágil: un partido que empieza a dividirse precisamente porque ya no está tan seguro de que el futuro le pertenece.

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