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Rosa Icela, responsable de la crisis de gobernabilidad que arrastra México

Incompetente. No como consigna, sino como diagnóstico. La gestión de Rosa Icela Rodríguez al frente de la política interior del país ha estado marcada por su incapacidad personal para construir acuerdos, que es, precisamente, la función central del cargo que ocupa. En un sistema político como el mexicano, donde la gobernabilidad depende de la negociación constante entre actores con intereses distintos, fallar en esa tarea no es un error menor: es desactivar el principal mecanismo de estabilidad del Estado.

La Secretaría de Gobernación existe para evitar que los conflictos escalen, para sentar a las partes en la mesa y traducir tensiones en acuerdos políticos. Sin embargo, durante la gestión de Rosa Icela Rodríguez no hay un solo acuerdo relevante que pueda señalarse como resultado de su operación. Lo que sí hay es un patrón claro: conflictos que crecen, actores que presionan y un gobierno que no logra articular respuestas. Su incapacidad para construir acuerdos no es un detalle técnico, es el origen de la crisis de gobernabilidad que hoy enfrenta el país.

Ahí están los transportistas, que han convertido el bloqueo en herramienta recurrente ante la ausencia de soluciones reales; los sectores productivos que operan en tensión permanente con el gobierno sin canales efectivos de diálogo; y una oposición que no ha sido enfrentada políticamente, sino ignorada por falta de interlocución. En todos estos casos, la constante es la misma: no hay acuerdos porque no hay quien los construya.

Esa misma incompetencia se reflejó en el proceso legislativo de las reformas impulsadas por la presidenta Claudia Sheinbaum. Presentadas como transformaciones de fondo, terminaron aprobándose sin sus elementos centrales, evidenciando una ausencia total de operación política. No fue un problema de números, sino de conducción. Faltó negociación, faltó construcción de consensos y faltó una Secretaría de Gobernación que hiciera su trabajo. El resultado no solo debilitó las reformas, sino que expuso al gobierno a un desgaste innecesario.

Esa falta de operación política no solo ha generado vacíos, le ha generado incendios constantes al propio gobierno. Cada conflicto no resuelto, cada sector inconforme y cada reforma incompleta se convierten en un costo directo para la presidenta. La incapacidad de Rosa Icela Rodríguez para construir acuerdos no se queda en su oficina: impacta de manera directa en la estabilidad del proyecto político que encabeza Sheinbaum, obligando al gobierno a reaccionar en lugar de anticiparse.

El problema no se limita al ámbito interno. En el plano internacional, la falta de gobernabilidad también pasa factura. Organismos como la Organización de las Naciones Unidas, a través del Comité contra la Desaparición Forzada, han puesto el foco en la crisis de desapariciones y en la debilidad institucional del Estado mexicano para atenderla. A esto se suman las tensiones en materia migratoria, donde la falta de coordinación política interna reduce el margen de maniobra del país frente a presiones externas. Cuando no hay control interno, la posición internacional se debilita inevitablemente.

Incluso dentro del propio oficialismo, la ausencia de conducción política ha quedado en evidencia. Las tensiones internas, la falta de disciplina y las diferencias públicas reflejan que Gobernación dejó de ser el espacio donde se ordena el poder. Cuando ni siquiera se puede construir acuerdos dentro del propio movimiento, la señal hacia el resto del sistema político es clara: no hay liderazgo, no hay control y no hay capacidad de negociación.

El saldo es un país donde los problemas no necesariamente son nuevos, pero sí están peor gestionados. Donde las crisis no nacen en Gobernación, pero se agravan por su ausencia. Y donde la gobernabilidad se erosiona no por un solo factor, sino por la suma de conflictos que nadie logró procesar políticamente.

En ese contexto, las versiones sobre la salida de Rosa Icela Rodríguez de la Secretaría de Gobernación dejan de ser una especulación para convertirse en una consecuencia lógica. Los trascendidos apuntan a un relevo cercano, con el nombre de Sergio Salomón Céspedes como posible sustituto. Más allá del cambio, el diagnóstico es contundente: México no se quedó sin problemas, pero sí se quedó sin quien supiera convertirlos en acuerdos.

Y en política, cuando no hay acuerdos, lo único que queda es el conflicto.

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