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NETFLIX PRIVATIZA A LA SELECCIÓN MEXICANA

Lo que durante décadas fue un ritual colectivo —ver a la Selección Mexicana en televisión abierta, sin barreras económicas— está en riesgo real de desaparecer. Y no por una evolución natural del mercado, sino por decisiones comerciales que colocan al aficionado en el último lugar de la ecuación.

La reciente incursión de Netflix en los torneos de Concacaf —con la transmisión de la Copa Oro y las Finales de la Liga de Naciones en México— no es un experimento aislado. Es un síntoma claro de lo que viene: el fútbol de selecciones migrando a plataformas de pago.

Y aquí es donde surge la pregunta incómoda:
¿realmente les importan tan poco los aficionados?

Porque lo que se está configurando no tiene precedentes. En ninguna parte del mundo se ha consolidado un esquema donde un acuerdo comercial obligue sistemáticamente a los seguidores a pagar para ver a su selección nacional. El fútbol de selecciones, por definición, ha sido un bien cultural compartido, no un producto premium segmentado.

Sin embargo, el nuevo modelo apunta exactamente a lo contrario.

Tras el Mundial de 2026, se anticipa un proceso de negociación agresiva donde los derechos de transmisión de la Selección Mexicana se fragmentarán y venderán al mejor postor: televisión, plataformas digitales, mercados internacionales. No se trata de accesibilidad, se trata de maximización de ingresos.

El argumento empresarial es claro: el deporte es contenido de alto valor, y quien quiera consumirlo, debe pagarlo. Pero ese razonamiento ignora un elemento esencial: la Selección no es una franquicia privada cualquiera, es un símbolo nacional sostenido por su gente.

La entrada de plataformas como Netflix no solo redefine el negocio; redefine la relación entre el equipo y su afición. Ya no se trata de pasión compartida, sino de acceso condicionado por suscripción.

Y el precedente es peligroso.

Hoy es la Copa Oro. Mañana podrían ser eliminatorias, amistosos, incluso partidos clave rumbo a un Mundial. La lógica es incremental: probar, medir, monetizar… y avanzar.

Mientras tanto, los grandes actores tradicionales como Televisa o TV Azteca han optado por no competir en ciertos precios, dejando el terreno libre a las plataformas globales. No es falta de interés; es cálculo financiero.

Pero ese cálculo tiene un costo que no aparece en los balances: la desconexión con millones de aficionados que, simplemente, no van a pagar.

El resultado es un cambio estructural: el fútbol deja de ser un punto de encuentro masivo para convertirse en un producto segmentado por capacidad económica.

¿Parteaguas o alerta millonaria?
Ambas cosas.

Porque si este modelo se consolida, el mensaje es claro: el negocio ya no necesita a todos los aficionados, solo a los que pueden pagar.

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