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Sheinbaum, TV Azteca y el efecto Streisand

La consigna presidencial no silenció a TV Azteca: la catapultó. El «no vean» se convirtió en el mejor anuncio que el gobierno jamás habría querido pagar.

No comparto la línea editorial de TV Azteca. No me convencen sus enfoques, no comulgo con su narrativa, no acompaño su agenda. Pero el derecho no se rinde al gusto, no se pliega a la simpatía, no se calibra por el aplauso. La libertad de expresión no premia al afín: escuda al discrepante. Protege al que incomoda, ampara al que irrita, defiende al que se rechaza. Por eso este examen se hace sin filias, sin fobias, sin concesiones.

El lunes 25 de mayo de 2026, durante su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum fue cuestionada sobre el colectivo «Mexicanos al Grito de Paz» y su respuesta fue puntual: «No vean TV Azteca», acusando —sin presentar pruebas— al empresario Ricardo Salinas Pliego de estar detrás de campañas de desinformación contra su administración. No fue desliz, no fue chiste, no fue opinión privada. Fue voz del Estado, fue discurso oficial, fue ejercicio de potestad pública desde el atril de Palacio Nacional.

La respuesta llegó en horas. TV Azteca emitió un pronunciamiento público en el que acusó formalmente a la Presidencia de la República de ejercer un intento evidente de censura y una agresión directa contra la libertad de expresión y de prensa. La empresa sostuvo que no era la primera ocasión en que el régimen de la 4T intentaba boicotearla por su línea editorial crítica, y que el malestar del gobierno radicaba en que el medio no había callado frente al acoso ni la persecución política.

Pero ocurrió algo que ningún estratega de comunicación del gobierno pareció prever: el efecto Streisand en toda su plenitud. Horas después del intercambio de declaraciones, Ricardo Salinas Pliego presumió en redes sociales que la televisora había registrado «uno de los mejores ratings de la historia». El intento de boicot no apagó la señal: la encendió. El «no vean» se convirtió en el mejor anuncio que el gobierno jamás habría querido pagar. Quien desconocía la programación crítica de TV Azteca la buscó. Quien la veía a medias la sintonizó con atención renovada. La censura implícita generó el apetito que la televisora no habría podido comprar con millones en publicidad.

El efecto Streisand —bautizado en 2003 cuando Barbra Streisand intentó suprimir una foto aérea de su mansión y logró que la vieran millones que nunca la habrían buscado— opera con precisión matemática en la era digital: el poder que señala amplifica, el poder que cancela viraliza, el poder que boicotea publicita. La presidenta le regaló a TV Azteca una cobertura mediática gratuita, masiva y simpática. En el ecosistema de redes sociales, «no vean» es sinónimo de «vean inmediatamente».

La pregunta jurídica no admite eufemismos: ¿puede una jefa de Estado escudarse en el artículo 6° constitucional para boicotear a un medio por su línea editorial? La respuesta del derecho es inequívoca. Y se construye sobre tres pilares.

Primero. El funcionario no es ciudadano cuando habla desde la tribuna del Estado. La Corte Interamericana lo estableció en Apitz Barbera y otros vs. Venezuela (2008, párr. 131): el servidor público debe abstenerse de inducir actos lesivos al debate democrático. En Manuel Cepeda Vargas vs. Colombia (2010, párr. 172) la exigencia se tensó aún más: el Estado no debe propiciar la vulnerabilidad de quien se expresa, no debe estimularla. La coartada del «opino como ciudadana» es inservible: la investidura no se desabotona al subir al estrado. La asimetría no es retórica, es estructural. El ciudadano habla a sus pares; el funcionario habla con la potencia del Estado detrás.

Segundo. La censura del siglo XXI ya no necesita decretos. No firma órdenes, no clausura señales, no incauta antenas. Basta con señalar, estigmatizar, marcar al disidente desde el atril. El artículo 13.3 de la Convención Americana prohíbe sin matices los medios indirectos. Ríos y otros vs. Venezuela (2009, párr. 139) fue explícito: las declaraciones de funcionarios no pueden constituir injerencia indirecta ni presión lesiva sobre quienes alimentan el debate público. El episodio tampoco es aislado: se enmarca en una historia de tensión en la que Sheinbaum ha llamado a Salinas Pliego a cubrir sus adeudos tributarios, ha ironizado sobre la caída de audiencia de TV Azteca y anunció una nueva sección para premiar al mayor «mitómano de la semana». Es el contexto agravante de Granier vs. Venezuela (2015): las medidas formalmente neutras revelan su naturaleza censuradora cuando se inscriben en patrones previos de descalificación.

Tercero. El chilling effect —nacido en Wieman v. Updegraff (1952) y elevado a paradigma en New York Times Co. v. Sullivan (1964)— fulmina toda medida estatal que genere riesgo razonable de autocensura. No exige sanción formal, no exige coacción visible. Y el bien lesionado no es solo TV Azteca, que paradójicamente registró rating histórico: son los demás emisores que tomaron nota del precio de disentir. La Alianza de Medios Mx ya advirtió que el mensaje presidencial alimenta un ambiente adverso para el ejercicio periodístico. Ese silencio inducido en otros medios es la verdadera herida democrática.

El efecto Streisand resolvió la batalla de rating de ayer. No resuelve el problema institucional de mañana. TV Azteca lo dijo en su comunicado: la libertad de expresión no pertenece a los gobiernos, pertenece a los ciudadanos. Tienen razón jurídica, aunque la frase venga de una empresa con sus propias contradicciones editoriales.

La crítica al poder es derecho. La crítica desde el poder es deber matizado. La exhortación al boicot es exceso. Sin coacción puede haber censura, sin sanción puede haber represalia, sin decreto puede haber mordaza. El artículo 6° protege al ciudadano frente al poder, jamás al poder frente al disidente. La línea editorial puede ofender; debe protegerse igual. El derecho a saber no se mide por simpatías, se garantiza por principios.

Y la ironía final la provee la historia: Barbra Streisand quiso que nadie viera su casa, y hoy todos la conocen. Claudia Sheinbaum quiso que nadie viera TV Azteca, y el canal registró uno de sus mejores días de audiencia. El poder que censura no silencia: amplifica. Esa lección, al parecer, tampoco necesita mañanera para aprenderse.

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