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Salinas Pliego ocupó la plaza que Sheinbaum despreció

Hay una imagen que va a durar.

Ricardo Salinas Pliego, el empresario que la izquierda mexicana convirtió en su villano favorito, caminando entre la multitud del Estadio Azteca mientras los teléfonos se alzaban a su paso como antorchas en una cacería medieval. Pocos intentaron abuchear, la gran mayoría lo aplaudíó y él siguió caminando.

No se escondió. No mandó un comunicado. No apareció en una pantalla desde un foro seguro y aplaudible. Fue.

Eso es todo. Fue.

La presidenta de México no estuvo en el partido inaugural del Mundial 2026.

Claudia Sheinbaum, la mandataria de la cuarta transformación, la heredera del proyecto que durante años prometió devolverle el poder al pueblo, decidió que ese pueblo —el que llenó el Azteca, el que viajó desde todos los rincones del país, el que esperó este momento desde 1986— podía celebrar solo.

Alguien le habrá dicho que era mejor así. Que los estadios son impredecibles. Que la gente, cuando está de fiesta, no siempre obedece. Que un abucheo en cadena nacional, en el partido más visto del año, ante las cámaras del mundo entero, era un riesgo demasiado alto, que se cobijara entre su gente.

Y la presidenta estuvo de acuerdo.

Hay una palabra para eso. Varias, en realidad. Pero basta con una: ausencia.

Los líderes que le temen a su pueblo gobiernan de lejos. Organizan actos donde la entrada se controla, donde las porras están garantizadas, donde nadie va a gritar algo inconveniente. Se acostumbran tanto al aplauso manufacturado que el aplauso espontáneo —ese que puede convertirse en silencio, o en algo peor— les produce vértigo.

El Azteca ese día era México sin filtro. México de verdad. Ruidoso, contradictorio, futbolero e impredecible.

Y Sheinbaum no fue.

Salinas Pliego sí.

El hombre al que la militancia oficialista señala cada semana en redes sociales, al que acusan de todos los males posibles, al que el propio movimiento gobernante ha intentado convertir en símbolo del México que hay que superar, ese hombre se paró en el corazón del país y aguantó lo que viniera.

Le gritaron. Le grabaron. Le dijeron de cosas y le corearon ¡Presidente, Presidente!

Siguió caminando.

Hay una vieja idea, anterior a todos los partidos y a todas las transformaciones, que dice que el valor no es la ausencia del miedo sino la decisión de estar a pesar de él.

Ese 11 de junio, en el estadio más grande de México, en el día más futbolero del año, esa idea la encarnó el empresario, no la presidenta.

La plaza no se declara. Se ocupa.

Y Claudia Sheinbaum, el día que México se vistió de fiesta ante el mundo, dejó la plaza vacía.

Alguien más la ocupó.

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