Como dicen, cuando vemos a un perro mover la cola, entendemos que está contento; si nos topamos con un ataúd, sabemos que hay un muerto; y si los bomberos cruzan la ciudad a toda velocidad, nadie duda de que van rumbo a un incendio. A mí me pasa algo parecido cada vez que escucho al oficialismo hablar de “reforma electoral”. No necesito muchas explicaciones para intuir de qué se trata: lo que veo, con bastante claridad, es un deterioro serio de la democracia mexicana.
Y no es una corazonada al aire. Esta supuesta nueva reforma no aparece de la nada. Es, en realidad, el último capítulo de una historia que ya vimos: primero el Plan A, luego el Plan B. Ambos fracasaron. El primero porque no consiguió los votos suficientes en el Congreso; el segundo porque la Suprema Corte lo echó abajo. Ahora estamos frente al Plan C. Y si algo conecta a todos estos intentos es su propósito de fondo: debilitar, y en el límite cancelar, las reglas democráticas. No es una frase grandilocuente, es simplemente observar la secuencia de los hechos.
Después de hacerse con mayorías calificadas de manera más que discutible; de golpear la independencia del Poder Judicial; de blindar reformas constitucionales para que no puedan impugnarse; de desaparecer órganos autónomos y de vaciar al amparo de buena parte de su fuerza, sólo queda una cosa pendiente: eliminar la posibilidad real de que la oposición gane una elección. Eso es lo que está en juego. Y eso explica la prisa por sacar adelante una reforma electoral.
Nada de esto debería tomarnos por sorpresa. El libreto es conocido y se ha repetido en muchos países con gobiernos de corte populista. Llegan al poder por la vía democrática y, una vez instalados, empiezan a desmontar poco a poco los contrapesos que permiten la alternancia. No cancelan las elecciones, porque las necesitan. Les sirve que exista algo de oposición, que parezca que hay competencia y que el conflicto político esté siempre encendido. Como señala Nadia Urbinati, el populismo no puede existir sin un mínimo de democracia: vive de ella. Si la democracia desaparece por completo, el populismo también se queda sin sustento. Por eso caminan sobre una línea muy fina: aparentan pluralidad mientras construyen las condiciones para quedarse en el poder. Cuando cruzan ese límite y se convierten abiertamente en dictaduras, suelen pagar el costo. Venezuela es el ejemplo más evidente.
Eso es lo que hoy se empieza a dibujar desde MORENA. Las señales están ahí y no son ambiguas: reducir los espacios de representación recortando plurinominales; debilitar al INE mientras se le aprieta el presupuesto; hacer coincidir la revocación de mandato con elecciones intermedias; y, quizá lo más delicado, disminuir el financiamiento público a los partidos. Juntas, estas medidas harían casi imposible que otra fuerza política compitiera en condiciones reales. La cancha quedaría tan inclinada que hablar de democracia sería poco más que un formalismo.
Por eso conviene tener todo esto muy presente cuando finalmente se conozca la propuesta oficial. No para dejarnos llevar por el discurso, sino para contrastarlo con la realidad. No se trata de democratizar el sistema, sino de controlar el resultado. Las señales están ahí. Sólo hace falta mirarlas con cuidado y sin ingenuidad.













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