El gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta hoy una crisis que no llegó de afuera: la sembró el propio movimiento que la llevó al poder.
Durante más de una década, Andrés Manuel López Obrador utilizó las protestas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación como ariete político. Cada bloqueo, cada marcha, cada paro de la CNTE contra los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto fue capitalizado por la entonces oposición. López Obrador no solo toleró la radicalidad del sindicato disidente: la validó, la aplaudió y la necesitó.
El precio se pactó en campaña. A cambio del respaldo político y de las bases movilizadas, la 4T prometió la abrogación total de la reforma educativa y el otorgamiento de plazas automáticas. Eran las «perlas de la virgen» que hoy nadie sabe cómo entregar.
Cuando el movimiento llegó al gobierno, el trato implícito se volvió deuda impagable. La CNTE no necesita financiamiento externo ni empresarios que la patrocinen —como ha insinuado el oficialismo al vincular los conflictos con figuras como Ricardo Salinas Pliego. El sindicato se sostiene con las mismas plazas, el mismo poder territorial y la misma inercia radical que la 4T le heredó y reforzó durante veinte años.
Lo que vemos hoy no es un sabotaje orquestado desde afuera. Es la resaca de promesas electorales que no se pueden cumplir sin desmantelar la política educativa que el propio gobierno dice defender. Es el monstruo que regresa a cobrar.
Buscar culpables en Salinas Pliego o en oscuras conspiraciones empresariales es, en el mejor de los casos, distracción; en el peor, deshonestidad. El conflicto con la CNTE tiene un solo origen: una estrategia política que empoderó a un actor radical para ganar elecciones, sin calcular el costo de gobernar con él encima.
Criaron cuervos.













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