En medio de cuestionamientos por la credibilidad y el rumbo de los medios públicos, el titular del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano, Jenaro Villamil, vuelve a colocarse en el centro de la polémica, ahora por una conducta que exhibe no solo falta de criterio, sino un uso cuestionable de su tiempo como funcionario.
Diversos registros en redes sociales muestran al funcionario interactuando con jóvenes —en muchos casos con fotografías sugestivas— a quienes dirige comentarios como “Bello”, “Excelso” y “Papito”, todo ello en horario laboral. La escena no es menor: no se trata de una actividad privada fuera de funciones, sino de una conducta reiterada mientras debería estar al frente de un sistema público de comunicación en crisis.

Lejos de desmentir los hechos, Villamil respondió con desdén a las críticas, evitando aclarar el fondo del asunto. Esa omisión resulta particularmente delicada cuando se le acusa, en esencia, de acosar jovencitos desde cuentas públicas o identificables, bajo el paraguas de su investidura.
.@jenarovillamil es homosexual y padecen VIH. Ese carácter privado él lo ha hecho público (aunque jamás se haya solidarizado con las personas que tienen el virus pero no medicamento). El tema es que, como dice @vampipe en ese video que él hizo, Jenaro ocupa su tiempo laboral para… pic.twitter.com/r4IQjkTE70
— Marco Levario Turcott (@Arouet_V) April 16, 2026
El problema se agrava al observar el contexto institucional. Bajo su gestión, el aparato de comunicación estatal —incluyendo plataformas como Infodemia— ha sido señalado por errores de verificación, rectificaciones tardías y un uso político que erosiona su credibilidad. La promesa de combatir la desinformación ha quedado opacada por fallas que exhiben desorden interno y falta de rigor.
Así, la imagen que proyecta el sistema público es preocupante: mientras su titular se distrae en interacciones personales cuestionables en horario laboral, los medios bajo su responsabilidad enfrentan un deterioro progresivo en confianza y profesionalismo.
No es solo un tema de formas, sino de prioridades. Porque cuando quien dirige la comunicación del Estado parece más ocupado en redes personales que en sostener la credibilidad institucional, el mensaje es claro: el sistema no se está cayendo solo… lo están dejando caer.













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