La fractura al interior de Morena ha dejado de ser un rumor de pasillo para convertirse en un proceso político en curso. Lo que comenzó como diferencias tácticas entre la dirigencia nacional y operadores cercanos al obradorismo más duro, hoy escala a una ruptura abierta entre Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán, en un momento particularmente sensible para el partido en el poder.
Fuentes con conocimiento de las deliberaciones en Palacio Nacional anticipan que abril marcará un punto de inflexión. La salida de Alcalde de la dirigencia ya no se discute en términos hipotéticos, sino como una decisión avalada desde el círculo más cercano al expresidente Andrés Manuel López Obrador. En la misma lógica, el desplazamiento de Andy López Beltrán se perfila como parte de un reacomodo más amplio dentro de la estructura morenista.
El detonante inmediato de esta crisis interna fue el fracaso del llamado Plan A de la reforma electoral, cuya caída evidenció no solo debilidad legislativa, sino una conducción política errática. A partir de ahí, se acumularon agravios que tensaron la relación con los aliados estratégicos del partido. En particular, legisladores del Partido del Trabajo y del Partido Verde habrían resentido el trato recibido en reuniones privadas, donde —según estas versiones— se les exigía disciplina bajo el argumento de que Morena les había “cedido” posiciones y recursos.
A ello se suman señalamientos sobre presiones ejercidas desde la vocería del partido. Advertencias de posibles consecuencias legales a diputados aliados en San Lázaro terminaron por encender alarmas en una coalición que, de cara a 2027, requiere cohesión más que imposiciones.
Sin embargo, la disputa no se limita al terreno político. El conflicto también adquirió un matiz personal que terminó por erosionar cualquier posibilidad de conciliación. López Beltrán habría reclamado directamente a Alcalde por el uso político de episodios personales —en particular, la difusión de imágenes de viajes—, un recurso que, desde su perspectiva, rompió códigos internos. En contraste, él mismo habría optado por no utilizar información similar en contra de la dirigente.
Más allá del plano personal, Andy también articuló críticas de fondo: el desgaste de la marca Morena en diversas entidades, la falta de impacto en las estrategias de comunicación —incluido el bajo alcance del podcast “La Moreniza”— y omisiones sustantivas en la propuesta electoral, como la ausencia inicial de criterios de género y paridad que posteriormente tuvieron que corregirse en el Senado.
En este contexto, la lectura dentro del obradorismo es clara: la actual conducción del partido se volvió insostenible para los objetivos electorales de mediano plazo. La prioridad ahora es reordenar la estructura interna con miras a 2027, incluso si ello implica sacrificar a figuras cercanas al núcleo del movimiento.
El rediseño ya contempla destinos diferenciados. López Beltrán se replegaría en Tabasco tras los comicios en Coahuila, mientras que Alcalde podría integrarse a una posición de asesoría en Palacio Nacional, en una dinámica similar a la adoptada por otros perfiles desplazados de la primera línea.
Aunque aún no se perfilan nombres para la dirigencia, en la cúpula morenista hay consenso en un punto: el relevo permitirá concentrar el control del proceso de selección de candidaturas en la figura presidencial. La ventana de abril no es casual. Responde a la intención de que la presidenta Claudia Sheinbaum conduzca desde el inicio la definición del tablero electoral rumbo a 2027, en un partido que, por primera vez en años, enfrenta sus propias tensiones como principal adversario.













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