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Rosa Icela negocia con el narco: la línea que el gobierno ya no puede ocultar

El comunicado de la Secretaría de Gobernación sobre Chilapa, Guerrero, abrió una grieta política que el gobierno federal difícilmente podrá cerrar con frases de rutina. Lo que antes se negaba en el discurso, ahora aparece escrito en lenguaje oficial: el gobierno habló con “líderes” de grupos en conflicto para pedirles que retiraran bloqueos, terminaran disputas y permitieran el ingreso de las Fuerzas Armadas.

En otras palabras: Rosa Icela Rodríguez, desde Gobernación, quedó políticamente señalada como la funcionaria que encabeza una operación donde el Estado no llega a imponer la ley, sino a negociar con quienes mantienen sometida una región.

El gobierno podrá llamarlo “diálogo”. Podrá vestirlo de “pacificación”. Podrá decir que era necesario para proteger a las familias y atender a los heridos. Pero el hecho político es demoledor: si una autoridad federal tiene que hablar con los líderes de grupos armados para poder entrar a una zona del país, entonces el Estado ya perdió el control de ese territorio.

Y ese costo político recae directamente sobre Rosa Icela.

La secretaria de Gobernación debe explicar con claridad quiénes son esos “líderes”, qué autoridad tienen, por qué se les reconoce capacidad de decisión, bajo qué marco legal se les contactó y por qué no se informa de órdenes de aprehensión, detenciones o investigaciones contra ellos.

Porque aquí está el punto central: a los criminales no se les debe tratar como interlocutores políticos. Se les debe investigar, detener y llevar ante la justicia.

El gobierno federal insiste en vender una narrativa de paz, pero en Guerrero la realidad parece otra: comunidades desplazadas, bloqueos, personas heridas, familias atrapadas y grupos criminales con suficiente poder para condicionar la entrada de las autoridades. Frente a eso, Gobernación no aparece como una institución firme, sino como una oficina de mediación frente al narco.

Rosa Icela Rodríguez no puede lavarse las manos. Si su dependencia admite que hubo comunicación con líderes de grupos en conflicto, entonces debe asumir las consecuencias políticas de ese reconocimiento. Porque lo que está en juego no es solo una crisis local en Chilapa, sino el mensaje que se manda al resto del país: si el crimen toma caminos, desplaza comunidades y genera suficiente presión, el gobierno se sienta a negociar.

Eso es gravísimo.

Durante años, el oficialismo negó cualquier pacto, protección o tolerancia frente al crimen organizado. Pero episodios como este alimentan exactamente la sospecha contraria: que en ciertas regiones el gobierno ya no combate al narco, sino que administra su poder.

Y mientras se construyen mesas de diálogo, la gente común queda abandonada. Las víctimas no tienen mesa. Los desplazados no tienen vocería. Las familias que viven con miedo no tienen funcionarios llamándoles para negociar condiciones. A ellos solo les queda esperar que el Estado recuerde que su obligación es protegerlos.

Rosa Icela Rodríguez carga ahora con una pregunta que no puede evadir:

¿Gobernación está restableciendo el orden o está normalizando la negociación con el narco?

Porque cuando el Estado pide permiso para entrar, el narco ya gobierna.

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