Mario Delgado no cometió un simple error de comunicación. Cuando el secretario de Educación afirma que los estudiantes recibirán “dos mil quinientos pesos que les manda la presidenta”, está repitiendo una de las prácticas más antiguas y dañinas de la política mexicana: presentar el dinero público como un regalo personal del gobernante.
Claudia Sheinbaum no manda ese dinero de su bolsillo. Tampoco lo paga Morena. Los recursos de la Beca Rita Cetina provienen del erario, es decir, de los impuestos de millones de mexicanos. Son recursos públicos administrados temporalmente por un gobierno, no limosnas entregadas por una presidenta generosa.
La diferencia no es menor. Una política pública reconoce derechos; una dádiva busca fabricar lealtades. Una beca institucional debe informar con claridad sus requisitos, objetivos y mecanismos de entrega. La propaganda, en cambio, necesita un rostro, un nombre y una frase que deje una deuda emocional: “te lo mandó la presidenta”.
Eso es precisamente lo preocupante.
Delgado no habló como secretario de Educación, sino como promotor político de Sheinbaum. En lugar de explicar que el apoyo forma parte de un programa financiado por los contribuyentes, convirtió el depósito en un gesto personal de la mandataria. El mensaje implícito es evidente: el dinero viene de arriba, la beneficiaria debe agradecerlo y Morena merece el reconocimiento.
Así se construye una campaña permanente.
Aunque la próxima elección presidencial todavía esté lejos, el oficialismo parece vivir instalado en actos anticipados de campaña. Cada beca, pensión, tarjeta o depósito se convierte en una oportunidad para repetir nombres, exhibir colores, repartir reconocimientos y consolidar electoralmente a Morena. La maquinaria gubernamental nunca descansa porque ya no distingue entre administrar y hacer proselitismo.
No necesitan pedir abiertamente el voto. Les basta con apropiarse simbólicamente de los programas sociales y convencer a la población de que, sin Morena, los apoyos desaparecerían. Es una forma de condicionamiento político mucho más sofisticada: no se amenaza de manera directa, pero se cultiva la idea de que los derechos dependen de la permanencia del partido en el poder.
El problema no es la Beca Rita Cetina. Apoyar a estudiantes de escuelas públicas, combatir la deserción y ayudar a las familias con útiles y uniformes son objetivos legítimos. Lo cuestionable es utilizar esas necesidades como plataforma para glorificar a la presidenta y fortalecer la marca electoral del gobierno.
Morena prometió acabar con el culto al poder, pero terminó perfeccionándolo.
Antes se colocaba el nombre del presidente en placas, obras y anuncios. Ahora se inserta en cada depósito bancario. Antes se inauguraban carreteras para tomarse la fotografía. Ahora se presentan derechos sociales como obsequios personales. Cambiaron los discursos, pero conservaron intacta la intención: lograr que la ciudadanía confunda al Estado con el partido y al presupuesto nacional con la generosidad del gobernante.
Quieren apropiarse no solamente del dinero público, sino también del mérito, de las instituciones y hasta de la gratitud de las familias.
Ese es el verdadero proyecto de Morena: borrar las fronteras entre gobierno, partido y nación. Si una beca “la manda la presidenta”, entonces la presidenta aparece como dueña del recurso. Si Morena entrega los apoyos, Morena pretende aparecer como dueño de los derechos. Y cuando un partido logra convencer a millones de personas de que el país le pertenece, cualquier crítica puede presentarse como un ataque contra el pueblo.
Mario Delgado debería saberlo mejor que nadie. Como titular de la SEP, su responsabilidad es educar, no adoctrinar; informar, no promover; cuidar la institucionalidad, no comportarse como coordinador de campaña. Sin embargo, eligió una frase que reduce a los ciudadanos a beneficiarios agradecidos y eleva a Sheinbaum a la categoría de benefactora nacional.
No fue una frase inocente. Fue una declaración sobre cómo conciben el poder.
Para Morena, los programas sociales no solamente sirven para atender necesidades: también son instrumentos de identidad partidista, propaganda y control electoral. Por eso insisten en personalizarlos. Por eso necesitan repetir que los apoyos vienen del presidente, de la presidenta o de la llamada Cuarta Transformación. Porque mientras más se debilita la noción de que los recursos pertenecen a la ciudadanía, más fácil resulta apropiarse políticamente de ellos.
La Beca Rita Cetina no se las manda Claudia Sheinbaum a los estudiantes. La financia México. La pagan trabajadores, comerciantes, empresas, consumidores y contribuyentes de todo el país. El gobierno únicamente tiene la obligación de administrarla con legalidad, transparencia e imparcialidad.
Los beneficiarios no le deben agradecimiento electoral a nadie.
Cuando Mario Delgado afirma lo contrario, no está defendiendo la educación ni los programas sociales. Está ayudando a construir la narrativa de un partido que quiere presentarse como propietario del presupuesto, de las instituciones y del país entero.
Y cuando un gobierno convierte cada derecho en propaganda y cada apoyo en campaña anticipada, deja de comportarse como administrador de la República y comienza a actuar como dueño de ella.













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